Kant. La crítica de la razón práctica.

Observados con la fría mirada del científico seguimos las leyes de la naturaleza; observándonos según los ideales regulativos de la razón somos libres. ¿Cómo es posible la acción moral? La moral necesita de un movimiento de la voluntad hacia la acción. Si una acción no está originada en la voluntad difícilmente puede ser moral. Existe una conexión entre la moralidad y la libertad: si nuestra acción no es libre difícilmente podemos entendernos como morales o inmorales. Una persona que transmite una enfermedad no es inmoral salvo que entendamos que esta transmisión depende de su voluntad. Tenemos que dejar abierta la posibilidad de ser libres. ¿Cómo podemos decir que la condición de posibilidad de la acción moral es algo que está fuera del alcance de la representación? En la práctica, yo puedo actuar siguiendo ideas que no se pueden demostrar. A pesar de que la homeopatía sea una patraña, yo puedo ir a un homeópata y no por eso dejará de ser una estafa. Pues bien, puedo actuar creyendo que Dios existe, y también creyendo que soy libre. Para Kant la libertad consiste en actuar como si fuésemos libres: la libertad es un ideal regulativo. La idea de ideal regulativo nos indica que aunque una idea no sea realizable, demostrable o alcanzable nos puede servir para orientar la acción. La moral se va a encargar de estudiar las acciones a las que consideramos buenas. Sin embargo, nadie salvo un ángel opera siempre con una buena voluntad pura; el resto de seres operamos según deberes. Nuestras acciones morales se rigen por normas que nos hacen actuar de un modo o de otro, que operan como máximas de nuestra voluntad. Buscamos aquellas normas que son libres, que buscamos por sí mismas. Las normas son libres cuando son creadas por nosotros mismos, esto es, cuando somos autónomos, y somos heterónomos si las normas no son creadas por nosotros.  Buscamos las normas que hayan sido creadas por nosotros. Parece que entonces tenemos una primera idea clara: la norma moral en cuanto tal no puede estar originada en un dictado de la naturaleza, esto es, en un mandato natural. De forma trivial excluimos de la moral todo acto meramente natural que trate de satisfacer las necesidades biológicas. ¿En qué consiste la norma de la acción autónoma? ¿Cómo determinamos su contenido? Tradicionalmente se entendió que la moral consistía en algún tipo de determinación del contenido de la moral. Llamamos éticas materiales a las éticas cuya virtud está en la realización de la acción en un momento y condiciones determinados, tomando como referencia de la acción las circunstancias de la misma – esto es, éticas que requieren de la prudencia y del conocimiento contextual para actuar. Una ética material siempre opera o se concreta en el ámbito de lo particular. Kant se enfrenta radicalmente a la más potente de las éticas materiales, la ética de la felicidad. ¿Qué es la felicidad? La satisfacción de todos los deseos e inclinaciones. Cuando analicemos las formulaciones del imperativo categórico veremos que este tipo de pensamiento va en contra de la dignidad de las personas. Creer que nuestra finalidad es encontrar la felicidad es pensar que somos un mero medio para la satisfacción de los deseos. ¿Son estos deseos e inclinaciones autónomos? Nosotros no decidimos cómo deseamos ni qué deseamos, como tampoco decidimos cuáles son nuestras inclinaciones a actuar. Estas nos vienen como dadas. Si consideramos recordando a Aristóteles que las inclinaciones sí pueden ser determinadas a largo plazo por los actos prudenciales de la voluntad, entonces entenderemos que la virtud de mi acción no tiene como origen la acción habitudinal en sí misma, sino la decisión racional. Las éticas materiales nos consideran como medios para la obtención de un fin. Como la virtud moral no está en el contenido de la acción ha de estar en la forma de la misma. La forma de la norma que yo sigo para actuar ha de ser el móvil o motivo de mi acción. Kant desarrolla una ética que no se define tanto por las obras – que son amores y no buenas razones – como por las intenciones. Una acción es correcta o incorrecta dependiendo no de sus efectos o su finalidad, sino por su intención. Esto no significa que nos salvemos por la intención, sino que la diferencia la marca adónde está orientada nuestra intención. Si está orientada hacia los contenidos sólo buscará lo particular y lo sensible, lo fenoménico; si se orienta hacia la actividad universal del sujeto buscará la forma de la norma moral. Para Kant una persona que actúa moralmente no actúa forzada por las circunstancias sino que seguirá siempre los mismos procedimientos. La universalidad y la necesidad en el ámbito teórico se convierten en  la universalidad de la acción – validez para todo ser racional – y necesidad  apodíctico-práctica. Cuando un ser racional que actúa en tanto que ser racional no podría actuar de otro modo. La moral kantiana es entonces un procedimentalismo en cuanto que sitúa la virtud de la acción en la forma de la norma. ¿Qué forma tiene la norma moral autónoma?  Tradicionalmente se explicó la moralidad en términos de teoría de la acción en el ámbito de la contingencia. La virtud aristotélica no era pura acción racional, sabiduría, sino también y sobre todo deliberación para la elección. Sin prudencia era imposible realizar la acción en el terreno de lo particular. De este modo, seguimos juicios con forma hipotética o condicional. Nuestra acción dependerá de las circunstancias en las que realizo mi acción. Un ejemplo de imperativo de prudencia es un examen de Filosofía. Yo quiero aprobar el examen, pero es muy complicado entender la argumentación kantiana. Entonces veo que el profesor se pone a dar un paseo, y como la única forma de aprobar la asignatura es copiar, espero a que no mire para revisar el imperativo hipotético. La acción es prudente porque sólo se puede realizar en ciertas condiciones: necesito que se cumpla una condición, que el profesor no esté mirando, para realizar mi acción. La heteronomía del imperativo hipotético consiste en que el origen de mi acción no está en mi razón, sino en el contexto de la acción. Yo no impongo mis condiciones sobre la realidad, sino que es la realidad la que me dice cómo debo actuar. Así, actuar buscando la felicidad implica ser sujeto tanto de condiciones biológicas que no he decidido yo como de circunstancias que no he decidido. El imperativo hipotético supone además entender la acción como un medio para obtener un fin. Cuando yo quiero comer no es porque me parezca una acción deseable en sí misma, sino que la quiero por otra razón: para saciar mi hambre. El placer de la comida no es determinado por mí, así que no estaríamos hablando de acción moral. Hemos de comparar constantemente el imperativo hipotético con el categórico. Si el hipotético establece que toda acción sigue una lógica de condición y consecuente, es decir, que define la acción por las condiciones en las que esta se realiza, el imperativo categórico afirma la necesidad de la acción por sí misma. Una acción moral merece la pena de ser realizada por su valor intrínseco. La acción libre es una acción incondicionada, esto es, que se realiza sin depender de ningún tipo de condición empírica. Sabemos ya que el imperativo categórico tiene la forma de un deber, en el sentido de que es una norma que me empuja a la acción, que hemos de apreciar por sí mismo y no por contenido alguno y que además su realización es necesaria porque tiene valor en sí misma y no en otra cosa. Tenemos que concretar qué tipo de norma moral implica. Hay tres formulaciones del imperativo categórico:

1)”Obra de tal modo que la máxima que tú sigas pueda convertirse a su vez en ley universal”. Cuando actuamos libremente es porque actuamos según los mandatos de la razón, y entonces actuamos de modo que cualquier ser racional actuaría. No existe una justificación particular de una máxima universal: “Yo soy así, a quién le importa, así seguiré, nunca cambiaré” sería la máxima expresión de una egolatría no racional. Paradójicamente, una persona libre no actúa según su propia individualidad egotista, sino como cualquier individuo actuaría en su lugar. Entonces podemos confundir nuestro mandato con la Regla de Oro: actúa con los demás como te gustaría que actuasen contigo. Al pensar en términos de sustitución – la razón hace que nuestras obras no dependan de nuestra idiosincrasia o nuestras particularidades – parecería como si eso significase algo parecido a ponerse en el lugar de la otra persona. Sin embargo, esto implica ya condicionalidad: yo actúo según a mí me placería que me tratasen, no porque lo considere correcto. Actúo según gustos y no de forma racional. Sin embargo, queda la duda de si cualquier acción es racional siempre y cuando se universalice. ¿Cabría un mandato como “no matarás”? Una norma como esta parece repugnar a la razón, puesto que supone su propia disolución.

2)”Obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda convertirse en una ley universal de la naturaleza”. Kant juega siempre con la dicotomía entre la ley natural y la ley racional. El imperativo categórico tiene un carácter inaugural: yo no debo actuar según marcan mis circunstancias, sino obrando como si constituyese un mundo totalmente nuevo. Yo vivo en una sociedad en la que un hombre o una mujer viven según roles establecidos, roles que hacen que se me juzgue con la expectativa de que los cumpla. Parecería entonces que cierto tipo de comportamientos convertirían a un hombre en afeminado o a una mujer en viril. Sin embargo, no puedo hacer depender mi acción de cómo está organizada la sociedad, obligado por ella: debo actuar como si yo inaugurase una forma nueva de comportarse. La fórmula kantiana “quieres, luego puedes” significa que ser libres es actuar tratando de imponer las máximas de la razón que transforma el mundo y que no depende de las leyes ya establecidas. Hay cierta confusión por el uso de la expresión “leyes de la naturaleza” que aquí se entienden como cualquier ley que describa las inercias sociales o naturales. Si una ley no escrita me obliga como mujer a ser sumisa en casa, no puedo justificarme moralmente en que no me sale rentable abandonar mi situación de sumisión, puesto que estoy actuando de manera incorrecta. Ser libre significa adoptar una mirada inaugural: obrar de modo que yo me plantee en abstracto cuáles son las relaciones domésticas correctas de forma que cualquier ser racional lo comprenda. Tenemos entonces una confrontación clara entre el procedimentalismo kantiano y el consecuencialismo utilitarista: no podemos medir las consecuencias de la acción si queremos ser libres. Parece que la decisión esencial en Kant es si preferimos ser libres o somos simplemente prudentes siervos de nuestro tiempo.

3)”Obra de tal modo que trates a la humanidad tanto en tu persona como en los demás como fines y no como meros medios”. Concretamos el imperativo categórico frente al hipotético como una forma de tratar a los demás como fines en sí mismos. Si yo opto por una ética material tendré como prioridad la realización de determinados planes. Yo seré feliz si consigo ser multimillonario para comprarme todos los libros del mundo, y entonces trato a mis vecinos como medio para obtener mi felicidad cobrándoles más de lo debido por mis servicios comerciales. El otro es un mero medio, no es considerado de forma digna. Tratar a una persona como fin significa respetar su personalidad y tener consideración de su dignidad. Recordemos que lo que marca la diferencia en la acción es el motivo de la misma. Entonces tenemos que una misma acción puede ser considerada como correcta y como incorrecta dependiendo del motivo. Cuando un comerciante nos trata bien para conservarnos como clientes está tratándonos como medios para obtener un beneficio, puesto que en otras circunstancias – supongamos que sabe que es imposible conservarnos como clientes porque somos de alguna otra parte del mundo – podría estafarnos perfectamente y cobrarnos demasiado. Si el comerciante nos trata bien porque considera que es el único modo de preservar la dignidad de las personas, entonces estará obrando moralmente. Se ha de actuar de forma incondicionada para convertir nuestro mundo en un Reino de los Fines.

Kant pone un ejemplo donde se ven claramente los problemas a los que nos enfrentamos si queremos ser libres. Un asesino está persiguiendo a un amigo nuestro que se esconde en nuestra casa, y un poco después llama y nos pregunta dónde está nuestro amigo. Si le decimos la verdad sabemos que nuestro amigo no va a salir bien parado. Pero si le mentimos estamos incumpliendo la norma de no mentir. Si actuamos mintiendo incumplimos un imperativo categórico, puesto que si todos mintiésemos no podríamos vivir en sociedad. ¿Qué es preferible, que maten a nuestro amigo o utilizar una norma cuya aplicación lleva a llenar el mundo de desconfianzas? Kant sostiene que sería inmoral no aplicar la regla porque no nos conviene. Habría que confesar que el amigo está en la casa. Filósofos como Michael Sandel han abierto una posible salida a Kant: decir una verdad engañosa (misleading truth). Si yo le digo al asesino que mi amigo estaba aquí hace un rato, el asesino puede entender que ya no está. Yo no le he mentido al asesino, aunque las consecuencias de mi afirmación llevan al engaño. Otra forma de criticar el imperativo categórico es la siguiente: del mismo modo que yo universalizo la sinceridad puedo universalizar la protección de los amigos, de modo que mi razón práctica cae en contradicciones.

¿Por qué actuar de modo tan estricto en un mundo en el que no existe ningún premio? Para Kant debemos actuar por puro deber. Nuestra motivación no puede ser obtener un premio en forma de felicidad, puesto que esto sería una falta de dignidad terrible. La virtud y la felicidad son caminos distintos. Debemos actuar por el deber. Si actuamos por otro motivo no seremos libres. ¿Cómo sabemos que actuamos por el deber? Parece que en ocasiones tenemos claro que utilizamos a las personas, y de ese modo sabemos una vez hemos estudiado a Kant que no somos libres. Sin embargo, cuando actuamos por deber podemos estar satisfaciendo alguna inclinación. No en vano, del cumplimiento del deber surge el sentimiento de respeto moral, que entendemos que es efecto y no causa de la acción. Sin embargo, ¿qué me garantiza que el móvil de la acción es el deber y no la satisfacción de una inclinación? Cuando yo escucho a mi pareja considero que merece respeto y atiendo a sus palabras. ¿Cómo sé que lo hago por deber y no porque quiero conservar la pareja? Las inclinaciones y los deseos pueden satisfacerse a través de los deberes. Pero entonces supongamos otro caso: mi pareja me dice que quiere verme un sábado por la noche. Yo deseo quedar con él, pero considero que debo estudiar la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres porque un buen ciudadano realiza ese tipo de acciones. Entonces, como Kant me convence, me quedo en casa, aunque sufro por no ver a mi amado. Parece extraño entonces que esta mortificación sea interesada y que realmente el objeto de mi voluntad es el deber mismo. Sin embargo, ni siquiera así puedo saber con certeza que no hay una motivación oscura que me hace preferir quedarme el sábado por la noche leyendo a Kant a pasar el tiempo con mi pareja. Podría estar obteniendo un gozo oculto mortificándome de ese modo. Así, la elección de una vida libre permanece siempre en la incertidumbre de la motivación. No podemos actuar buscando la felicidad y además no sabemos si hemos huido lo suficiente de la ética material. La acción moral presupone la dos postulados que nos invitan a actuar correctamente: la inmortalidad del alma y la existencia de un Dios que es juez supremo y premia el bien. De este modo, el deber no se premia en esta vida, pero se considera digno de la felicidad. Lo esencial para Kant en un mundo en el que la felicidad es una forma de vida canalla no es ser feliz, sino merecer serlo. Estos postulados nos indican en qué condiciones corroboraría uno este merecimiento: si no fuésemos seres finitos y existiese Dios – ambas afirmaciones ignotas para Kant – podríamos ser premiados por nuestra virtud. La dignidad siempre es preferible a la felicidad canalla.

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