Teoría del conocimiento de Descartes.

René Descartes nace en 1596 y muere en 1650. Tiene una formación jesuítica que le hará adiestrarse en los ejercicios loyolianos y, sobre todo, en las investigaciones de la escolástica. Aprende a investigar una filosofía que en su momento se está anquilosando, se está quedando vieja y parece ya una especulación sin sentido. Frente a esta filosofía, Descartes descubre que las matemáticas – el álgebra, la aritmética y la geometría – sí desarrollan de forma rigurosa ciertas reglas que dirigen la mente en la dirección correcta. La vida de Descartes refleja, en el plano intelectual, algunos de los grandes conflictos de su época: el filósofo francés vive un momento en el que lo viejo se resiste a desaparecer y lo nuevo está naciendo. Su crecimiento corre paralelo de las publicaciones de Galileo que revolucionan la física moderna y el asentamiento de la Revolución Científica: ya no sirve el método especulativo tradicional de raigambre aristotélica, se han acabado las viejas certezas y es necesario un examen a conciencia de todo lo que se tenía por verdadero. La Ciencia Moderna no sigue ya el principio clásico platónico de salvar las apariencias, al menos de salvar las apariencias tal y como se nos presentan, sino que trata de reconstruir el mundo racionalmente de forma que se explique también la forma en la que las cosas se nos presentan. Galileo sostiene que el mundo está escrito en un lenguaje matemático. La ciencia moderna está acompañada de una serie de aparatos que sirven para ampliar nuestra capacidad de experimentación y observación y para transformar la propia realidad: es la conexión con la técnica la que acabará por modificar completamente la realidad. Saber es poder.

Descartes vive muy de cerca todo el proceso a Galileo. El combate con el cardenal Belarmino en torno a la explicación heliocéntrica hace temer a Descartes por sus publicaciones. En términos políticos, estamos en pleno proceso de Ilustración Radical, donde se realiza progresivamente un abandono de las ideas políticas antiguas: surge una nueva ciencia, se promueve la secularización, se abandona el absolutismo y se entiende que el poder tiene un origen en el derecho natural, a través de las convenciones humanas. Comenzamos a comprender que la historia no está dirigida por los dioses, que los dioses no son la medida de todas las cosas, sino que son los hombres los que determinan su porvenir.

En este contexto de revolución científica y grandes transformaciones políticas, Descartes plantea también un giro a la filosofía. La filosofía no debe ser ya una sierva, sino que la razón debe dirigir sus propias acciones sin el requisito o la condición de coordinarse con nada. El objetivo de la filosofía no va a ser, como hasta ahora, la transfiguración, la transformación de los hombres en algo semejante a los dioses, ὁμοίωσιν θεοῦ , a través de un estudio de su esencia o substancia. La filosofía cartesiana da un giro al sujeto: no se trata de estudiar cómo son las cosas, sino cómo nosotros nos acercamos a ellas. Descartes ha observado que las disciplinas tradicionales se están derrumbando a excepción de las matemáticas, con lo cual tenemos que darnos cuenta de qué procesos nos llevan a tener tal certeza en estas disciplinas y tanta falibilidad en otras. El fin de la filosofía moderna va a ser la reforma del entendimiento:corrigiendo los errores en las reglas que dirigen nuestra mente conseguiremos un conocimiento firme y seguro que nos llevará a la transformación no solamente de las ciencias, sino también y sobre todo de la praxis humana.

LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO DE DESCARTES.

La búsqueda de unas reglas para dirigir el entendimiento acaba en la necesidad de encontrar un método, esto es, la serie de procedimientos que nos conducen al resultado que buscamos, el conocimiento cierto. Ya no necesitaremos como en la filosofía aristotélica de requisitos objetivos para conocer: no es que tengamos que conocer lo fijo, lo inmóvil, lo que permanece, lo necesario. El conocimiento o el desconocimiento dependerán no del objeto, sino de las operaciones de la mente del sujeto. Cualquiera de nosotros que siga un método correcto llegará al conocimiento, puesto que la razón es “la cosa mejor repartida del mundo”. La idea de método que maneja Descartes nos va a llevar a la mathesis universalis, a la ciencia universal, puesto que no tenemos restricciones objetivas para conocer, sólo tendremos que emplear un método correcto para hacer ciencia de la Metafísica, la Física, la Matemática o la Psicología.

La mente realiza dos tipos de operación: la intuición y la deducción. La intuición es el conocimiento inmediato de la cosa, sin término medio; la deducción implica un proceso de razonamiento y conexión entre ideas. Para Descartes, tendremos que examinar la certeza de cada una de estas operaciones para comprender la verdad del conocimiento.

i)El método cartesiano comienza examinando la naturaleza de estas intuiciones. No hemos de dar nada por cierto que no sea evidente. Muchas veces nos confundimos por la precipitación de la mente. Nuestra voluntad infinita desea conocer cuanto antes, y por eso aceptamos antes de haber examinado la cosa suficientemente cualquier idea o proposición. Ante esto sólo cabe tener prevención ante cualquier idea que me invite a la duda. La evidencia es la cualidad de ser indubitable, de no poder dudar racionalmente de algo. No podemos confundir este tipo de evidencia racional que no nos permite dudar de lo que es apodíctico y ya demostrado de la evidence anglosajona, que equivale a nuestra prueba. Lo que es evidente nadie lo puede poner en duda. ¿Cómo sabríamos que algo es evidente? Lo evidente es un cierto tipo de intuición o idea clara y distinta. La claridad es la inteligibilidad de la idea, esto es, la definición de la misma. La distinción es la capacidad para discernir o diferenciar esa idea de otra idea. Imaginemos que definimos a los hombres como bípedos implumes: criticaríamos la distinción de esa idea desplumando como Diógenes a un gallo.

ii)El segundo paso del método es la división o el análisis. Ante una dificultad, hemos de dividir en tantas partes simples como sea necesario el problema, esto es, hemos de dividir lo compuesto en lo simple para así examinar más fácilmente lo planteado.

iii)El tercer paso es la síntesis. Tras haber dividido los problemas en sus partes más simples hemos de reconstruir la totalidad a partir de esas partes analizadas. Imaginemos que para estudiar una enfermedad hemos dividido el cuerpo humano en distintas partes, de modo que descubrimos que existe una conexión entre solamente algunas partes del cuerpo: por ejemplo, una conexión entre el dolor de pies y el dolor de espaldas. Hemos de reconstruir en este tercer paso cómo se reorganiza todo el cuerpo para corregir ese dolor.

iv)Cuando ya hemos recorrido todos los pasos, realizamos una enumeración o un recuento(dénombrement). Tras nuestra división y síntesis, realizamos tantas revisiones como sean necesarias para cerciorarnos de que no nos olvidamos de nada, de que no se nos queda nada fuera de la explicación. Imaginemos que además del dolor de espaldas y el de pies tenemos un dolor en el brazo: ¿se explica este dolor por el dolor de pies y la corrección de la postura? Si no se explica, tenemos que acudir a alguna otra causa, de modo que necesitamos completar todavía la explicación. Las explicaciones científicas tienen que ser totales. Dénombrement significa en matemáticas análisis combinatorio, relación según ciertos parámetros(altura, peso, posición, etc.) de las variables que introducimos en nuestras ecuaciones. En este caso nuestro análisis combinatorio nos dice que no existe relación entre el dolor en un brazo y el dolor en un pie, así que tenemos que introducir alguna variable que explique el dolor de brazo.

Este método se puede aplicar a todos los ámbitos de la realidad. Utilizando de manera rigurosa este pensamiento nos apartaremos de los errores y conseguiremos evitar los grandes males que nos asedian por culpa de nuestras equivocaciones. El resultado será una ciencia universal que, empleando la metáfora de un árbol, tendrá a la metafísica como tronco del que salen todas sus ramificaciones. No hay nada que escape a este método.

Sin embargo, todavía queda algo por examinar. Parece que el corazón de esta batalla por la certeza de nuestro conocimiento se desarrolla en el carácter evidente de nuestras intuiciones. Lo evidente es lo indubitable, y he dado por hecho que hay ciertas ideas que no puedo poner en duda razonablemente. Pero hay razones que parecen invitarme a poner en duda todas las operaciones de mi mente. Descartes tendrá tres razones para plantear la duda metódica:

i)Buscando mi mente la verdad, ya me he equivocado en muchas ocasiones. Incluso a la hora de aplicar fórmulas matemáticas he errado, con lo cual también en el conocimiento más cierto puede haber equivocación.

ii)Más aún, mi mente no sabe distinguir claramente entre sueño y vigilia. Muchas veces he tenido un sentimiento de certeza de lo que estaba experimentando pero en realidad era sólo un sueño. Confundimos con mucha frecuencia sueño y vigilia.

iii)Incluso aunque yo supiese con certeza cuál es la diferencia entre sueño y vigilia, podría no tener la seguridad de que mis juicios sobre el mundo son ciertos. Podría ser que el Dios que dicen que existe fuese un Dios engañador, un genio maligno que produce imágenes que me conducen a error incluso en la mayor de mis certezas, las certezas matemáticas. Nos encontramos entonces con que no podemos superar la duda que planteamos acerca de la evidencia de nuestras ideas.Esta duda es metodológica o metódica, es decir, procedimental; es escéptica, porque pone entre paréntesis el conocimiento vigente, es hiperbólica, es dogmática, es universal y es radical.

Buscando ideas evidentes nos hemos encontrado con que no tenemos ninguna forma de superar la duda. Pongo en cuestión absolutamente todo lo que me rodea. Pero si pongo en cuestión todo lo que me rodea, no puedo dudar de esta puesta en cuestión, no puedo dudar de que dudo. Tengo así la primera evidencia: es indubitable que yo dudo. Para que exista la duda es necesario que alguien dude, y que ese alguien exista. Si dudo es que pienso y si pienso, existo – Cogito, ergo sum -. Esto no quiere decir que sólo existo si pienso, sino que dudando de todo me encuentro con que el hecho de que yo pienso me da la certeza de la existencia. En la duda radical me encuentro con mi íntima existencia. Me encuentro con que no soy más que una cosa que piensa, es decir, que siente, que duda, que afirma, que quiere. Me encuentro saliendo de esta duda absoluta con los contenidos de mi conciencia, de mi mente. El espíritu es lo que conozco con mayor certeza, y es lo primero que se conoce, el primum cognitum. Pero conociéndome a mí mismo no tengo más certeza que de mi propia existencia y de la existencia del alma – de la existencia de lo que después llamaremos res cogitans. ¿Cómo sé yo de la existencia de otras cosas, de la existencia de aquello que veo, que siento, que percibo? Siempre he creído que mi voluntad de mover un brazo llevaba necesariamente al movimiento de un brazo, pero ¿qué me asegura que mis sentidos no sean una mera ficción subjetiva? Nos planteamos ahora el problema del solipsismo. Hemos demostrado que existe el Yo, pero ahora ¿cómo nos salimos de él al exterior? Descartes examina los contenidosde la conciencia, es decir, aquello que sin salirse del Yo señala cosas que no son el Yo.. Existen tres tipos de ideas:

i)Las ideas facticias son las que están en mi mente pero no dependen de mi voluntad y parecen provenir de las naturaleza. Es esencial subrayar aquí que el concepto de idea cobra otra vez su sentido etimológico: no hablamos de esencia, sino de representación o imagen.

ii)Las ideas adventicias son las producidas por mi mente a través de las imágenes que ya conocía. Tales ideas son las de unicornio o de hipogrifo.

iii)Las ideas innatas son las que aparecen en mi mente sin venir del exterior. Descartes encuentra que hay ciertos contenidos o pensamientos en nuestra mente que no pueden proceder del exterior – de ese exterior que todavía no podemos asegurar. La demostración de que existen ideas innatas que tanta discusión propiciará entre el cartesianismo y el empirismo viene también de una reducción al absurdo. Las ideas provienen o del exterior de nuestra mente o del interior de nuestra mente, es decir, que o se adquieren y se aprenden o vienen con nuestro nacimiento. Parece que las idea de mesa, silla, distancia, etc., las aprendemos del exterior. ¿Qué ocurre con otras ideas? Descartes encuentra tres ideas que no pueden representarse como facticias o procedentes del exterior: el infinito, la perfección y Dios. La idea de infinito no puede proceder de los objetos empíricos, puesto que estos objetos son finitos. La idea de perfección no puede venir de objetos empíricos, puesto que estos son perfectos. Habría un salto cualitativo entre los grados de imperfección o de finitud y la idea de perfección e infinitud.Demostraríamos así, por el absurdo de pensar que lo perfecto procede de lo imperfecto, que existen ideas innatas. Examinemos ahora la idea de Dios. ¿Qué idea es esta? Nuestra idea de Dios nos dice que es infinito, inmutable, eterno,independiente, bueno, omnisciente, todopoderoso y que hace existir a los demás, es decir, que es creador. Que nuestra idea de Dios implique creación y bondad parece indicarnos que él nos ha infundido las ideas innatas en la mente y que además si Dios existe yo me puedo fiar de aquello que ha creado, mis sentidos. ¿Cómo sé que esa idea innata implica su existencia? Descartes da tres argumentos:

i)El argumento de la perfección o argumento ontológico. La idea de Dios incluye la perfección. La perfección incluye la existencia. Si la idea de Dios incluye la perfección y la perfección incluye la existencia, entonces Dios existe. Este argumento es una versión del Argumento ontológico de san Anselmo, que definía a Dios como aquello cuyo mayor no puede ser pensado.

ii)El argumento del relojero. En el mundo vemos cosas que se mueven de forma necesaria. Es más, yo veo que en el mundo están unido lo simple y lo compuesto. Existe también una unión entre distintas sustancias. Como un relojero que une las piezas simples en el todo – el reloj – es necesario que exista algo que mantiene unidas de forma necesaria las cosas simples y las compuestas, las sustancias extensa y pensante. Y eso es Dios. Si Dios no existiese, tendría que existir un caos, una desunión de objetos. Otra versión de este argumento es el de la contingencia y la necesidad(ST3).

iii)El argumento por la existencia de las ideas innatas. Nuestras ideas innatas vienen o de algo inferior, o de algo intermedio o de algo superior. Si vienen de algo inferior tienen que venir de los sentidos, lo cual es imposible. Si vienen de algo igual vienen de nosotros mismos, pero esto implicaría que son una abstracción del mundo, y hemos dicho que es imposible. Sólo pueden venir de algo superior a nosotros. La idea innata de Dios implica hacer existir a los demás, así que Dios explicaría la existencia de ideas innatas.

Con estos argumentos demostraríamos que podemos confiar en el mundo exterior y, gracias a este Deus ex machina, que podemos hacer una ciencia basada en la certeza que tenemos del mundo. Las ideas externas son fiables en la medida en la que sé que un Dios bueno y protector no permite que me engañe. Puedo así fiarme a las intuiciones del cogito.

La propuesta de Descartes es conocida por los epistemólogos modernos como filosofía fundacionalista – foundationalism – porque basa la construcción de un sistema de conocimiento en unas bases sólidas. Estas bases o bien son deductivas o bien son intuitivas. Si fuesen deductivas, la deducción se tendría que basar en intuiciones, es decir, en experiencias inmediatas, porque si toda deducción se basa en otra deducción necesitaríamos realizar un regreso al infinito. La primera verdad para un fundacionalista tiene que ser algún tipo de intuición. En Aristóteles veíamos que estas intuiciones podían ser sensibles o inteligibles. Para Descartes la primera opción es imposible, porque la hemos puesto en duda. La primera verdad es el Cogito, el Espíritu. Ahora bien, se objetó por parte de Gassendi y Hobbes que el Cogito en realidad no es una intuición, puesto que decir que no puedo dudar de que dudo es ya un razonamiento. Decir que si dudo, si pienso, entonces existo, es también un razonamiento, de modo que la filosofía cartesiana no habría encontrado una fundamentación última y no deducida del conocimiento. El punto de apoyo de la filosofía cartesiana es el pensamiento: dando ese punto de apoyo podremos mover el mundo y encontrar a Dios.

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