Antropología y Ética

Vamos a ver ahora un caso particular del problema principal de la ontología cartesiana y, en general, de cualquier ontología dualista. ¿Cómo se conectan las sustancias? En nuestro caso, Descartes va a analizar cómo se conetan la sustancia extensa y la pensante en el ser humano. Nosotros somos un cuerpo y un alma. El cuerpo sigue las leyes de la res extensa: nosotros en cuanto que cuerpos sufrimos golpes, nos movemos de determinada manera, tenemos afecciones y enfermedades. En cuanto que almas seguimos el mandato del pensamiento y la voluntad. Nuestro alma es el sostén de nuestra identidad personal, de nuestro yo. La relación entre la res cogitans y la res extensa o, en concreto, entre el alma y el cuerpo, es la capacidad para codeterminarse. Podríamos pensar que el cuerpo influye sobre el alma pero no al revés: entonces seríamos materialistas. Si defendiésemos que el alma influye sobre el cuerpo pero no al revés sostendríamos un idealismo. Si entendemos que ni el alma influye en el cuerpo ni el cuerpo influye en el alma sostendríamos un paralelismo de las sustancias. Descartes sostiene un interaccionismo: el alma influye en la actividad del cuerpo y el cuerpo influye en la actividad del alma. Descartes estudia cómo las afecciones del cuerpo afectan al alma en Las pasiones del alma. En cuanto que el alma es pasiva, se entienden los sentimientos como los efectos de ciertas causas naturales. Si yo me rompo un hueso no solamente tendré el hueso materialmente roto, sino que además sentiré dolor. El alma influye en el cuerpo a través de los movimientos voluntarios. Estudiar si el Yo puede causar movimientos es estudiar el problema de la causación, sobre si algo incorpóreo puede causar movimiento en objetos corpóreos. ¿Cómo es posible que exista una relación causal entre lo corpóreo y lo incorpóreo? Por un lado, sabemos que Dios une ambas sustancias; por otro, a través de la glándula pineal somos capaces de hacer interactuar alma y cuerpo. La antropología cartesiana resulta en un dualismo que tiene implicaciones epistémicas y éticas: si queremos ser realmente libres tenemos que resistir las pasiones del cuerpo y no dejarnos llevar por ellas y actuar según las leyes que nos marca la razón. Dejar que la voluntad avance como quiere es dejar que una facultad infinita nos lleve por donde quiere. La infinitud de la voluntad es su constante deseo de más y de obtener lo que quiere más rápido: por eso nos equivocamos en la teoría y en la práctica. Tenemos que someter nuestra voluntad al entendimiento, porque si no la sometemos al entendimiento la someteremos a las pasiones del alma, siendo esclavos de nuestros impulsos naturales.

La ética cartesiana

¿Qué quiere decir que nos tenemos que someter al entendimiento? Tenemos que someternos a la guía correcta de la razón. El método cartesiano tiene aplicaciones prácticas, reformando aquellas ides que no son sirves y no nos conducen a la recta vida. Pero las cuestiones prácticas son mucho más difíciles de resolver deductivamente que las teóricas, como ya aprendimos con Aristóteles, y dependen de circunstancias contingentes. Descartes plantea, mientras no se encuentre nada definitivo, una moral provisional. Esta consiste en:

i)Seguir las costumbres de un país. Cuando uno somete a la duda metódica todas las costumbres puede resultar que efectivamente las costumbres que seguíamos no siguen ningún criterio racional, pero no tenemos otras costumbres mejores con las que sustituirlas. Para Descartes, el escepticismo absoluto en la práctica conduce a la inacción, así que es preferible conservar las costumbres y las leyes del país antes que cambiarlas sin saber cómo sustituirlas. En estos tiempos, ante las protestas contra las leyes educativas, podemos someter a un juicio cartesiano los principios de las leyes vigentes: resultará entonces que se basan en ideas cuestionables, si no directamente falsas. Sin embargo, protestar contra una ley no es solamente decir que se basa en falsedades, sino proponer otra mejor; para Descartes sería necesario tener la certeza de esto segundo para poder hacer lo primero.

ii)No seguir las opiniones más dudosas. Aquí aplicaríamos el primer paso del método. Sin embargo, es posible que caigamos en el puro escepticismo, y necesitamos un criterio de acción. Tenemos que seguir aquí si no encontramos ideas evidentes al menos las opiniones más probables: no sé con certeza qué tipo de ley funciona mejor, pero es más probable que lo haga la ley A que la ley B.

iii)“Vencerme a mí mismo antes que a la fortuna”. Para Descartes el mayor peligro en la moral es depender de los golpes de la fortuna, puesto que estos dependen de determinaciones naturales y no de nuestra voluntad y nuestra libertad. Lo que ocurre según la fortuna no depende de nosotros, pero lo que ocurre según nuestra voluntad sí. Tenemos, antes que preocuparnos por el destino, que preocuparnos por controlar nuestras acciones voluntarias. Epicteto, el filósofo antiguo, decía que el sufrimiento procedía no de la fortuna, sino de nuestras esperanzas, temores y opiniones sobre la fortuna. Si yo soy capaz de tener la fortaleza suficiente para saber orientar mi voluntad seré una persona libre. Lo que depende de nuestro pensamiento depende de nosotros, lo demás no depende de nosotros. Así, cuando yo voy a escoger mi carrera, puede que me preocupe por un montón de datos que no dependen de mí: la situación económica, las notas, las salidas, etc., pero hay otras que sí dependen, como el estudio, la dedicación y la pasión por lo que hago. Mis acciones tienen que orientarse a cuidar este segundo ámbito, puesto que el primero no va a depender de mí y en la medida en la que siga las reglas que marca la fortuna yo no seré un individuo libre, sino un mero objeto de las relaciones causales y mecánicas.

Así, el proyecto cartesiano es de una reforma radical del entendimiento que trata de aplicar el método científico a sus últimas consecuencias, y en nuestra vida práctica este método tiene los límites de la fortuna: a veces tenemos que guiarnos por una moral provisional.

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