La filosofía práctica de Santo Tomás

La filosofía práctica de Santo Tomás hereda también los argumentos principales de la aristotélica. Es una filosofía orientada a la acción, teleológica, cuyo fin último es la felicidad o Bienaventuranza, y cuyo medio es el desarrollo de una vida virtuosa. Trataremos de estudiar cómo esta semejanza entre el antiguo y el medieval revela una diferencia radical: mientras que para Aristóteles la felicidad consistía en un ejercicio constante de la virtud de forma que nos convirtiésemos de forma natural en seres dispuestos a la acción virtuosa a lo largo de nuestra vida, pero cuya felicidad como estado era imposible y como actividad era efímera, para Santo Tomás al final nuestra virtud puede tener premio: vivir según la recta razón nos va a llevar a la felicidad. En este estudio de la filosofía práctica de Santo Tomás dividiremos esta compuesta idea en sus partes más simples: por un lado estudiaremos qué concepto de Felicidad tiene y por otro cómo tratamos de llegar a ese fin.

-La Bienaventuranza según Santo Tomás.

Toda actividad humana se constituye con miras a un bien. El bien último de la acción humana es la Bienaventuranza, traducción latinizada de la εὐδαιμονία , de la felicitas. Todas nuestras acciones buscarán entonces aquello que nos convierte en seres felices, en seres bienaventurados. Estos fines solamente son contemplados como fines racionales, esto es, como fines determinados. Recordemos el proceso de decisión en la filosofía aristotélica: nuestra prudencia consideraba las posibilidades de acción en una situación concreta respecto de nuestros fines, deliberamos sobre lo que es conveniente y posible en esa situación y elegimos lo que es mejor. Así, para actuar hay que actuar racionalmente, según una recta razón. Errar es entonces utilizar mal la razón, deliberar de forma incorrecta o ser imprudente. La razón opera según un fin que es determinado y objetivo. Una cosa es entonces el fin con el que yo me represento mi acción y otra cuál es objetivamente el fin de mi acción: en el segundo caso hablaremos siempre de cómo la razón orienta teleológicamente la acción hacia la felicidad. ¿Y cómo se determina la idea de Felicidad? El método empleado por Santo Tomás es igualmente el dialéctico: partimos de la multitud de opiniones acerca de la felicidad y examinamos si nos llevan a contradicción o absurdo. A partir de esta crítica de las opiniones existentes podremos llegar al conocimiento de cuál es el concepto correcto y no contradictorio de felicidad.

i)Algunos creen que la felicidad reside en la riqueza. Es cierto que para ser feliz son necesarios los bienes materiales, como señaló Aristóteles. Sin embargo, la adquisición excesiva de riquezas puede llevar a preocuparse sólo por ellas, de forma que nosotros acabamos esclavizados por las riquezas y no por una vida plena y racional. Así, las riquezas naturales sí son deseables, pero las artificiales son indeseables y no conducen a la felicidad.

ii)Otros consideran que la felicidad consiste en obtener honores. Es cierto que una persona virtuosa puede acabar recibiendo honores como premio a su virtud, pero no podemos depender de que honren nuestra acción virtuosa para actuar de un modo recto. El que actúa rectamente actúa por la obra misma, y no por el reconocimiento de los demás.

iii)Una forma de ser celebrados semejante a los honores es la fama o la gloria. Sin embargo, así como el honor implica una cierta acción racional y valerosa, la fama – que hablen de uno – es efímera y además puede ser falsa. Sobre ejemplos actuales de gente cuya vida es indeseable y está cubierta de vana fama no hace falta hablar.

iv)Por último, hay personas que consideran que la felicidad está en la obtención de poder. Aprendimos ya con Platón que en la vida hay una elección radical entre concebir el éxito como el aumento de la capacidad de influir a los demás y de dominar la vida de uno y por otro lado la búsqueda de la felicidad y de la virtud, según la cual es preferible sufrir una injusticia que cometerla. El poder nos asemejaría a Dios, pero la obtención de poder tampoco es deseable: si tenemos mucho poder acabamos temiendo que nos lo quiten.

Las objeciones tomistas se basan en el fondo en la antropología: existe el alma y existe el cuerpo. Los bienes que tienen que ver con el cuerpo están bien en su justa medida, y hemos de cuidar el cuerpo en la medida en la que la razón nos lo indica. Ahora bien, un cuidado excesivo del cuerpo es algo así como el esfuerzo por escribir sobre el agua: esforzarse por que perviva lo que es por naturaleza perecedero. En las cuatro objeciones vemos que lo que buscamos proteger en esta vida es contingente y puede volverse en nuestra contra. Santo Tomás realiza el siguiente análisis:

Interiores

Exteriores

Bienes del cuerpo

Bienestar personal

Bienes materiales

Bienes del alma

Virtud, acción según la recta ratio.

Conspectio Dei; contemplación de Dios.

Ya hemos examinado los bienes del cuerpo. Examinemos ahora los bienes del alma. Parece que el cultivo de los bienes interiores del alma es la vida virtuosa. Aristóteles sostendría que una vida virtuosa es necesariamente la mejor vida, la vida buena, porque es la vida racional, la vida respecto de lo más divino que hay en nosotros. Pero Aristóteles constataba que lo divino que hay en un ser mortal es una parte demasiado pequeña como para poder considerar que podemos ser felices. La felicidad como estado es algo muy pasajero, es flor de un día, como señalaba Píndaro. En el caso de Santo Tomás, la plenitud de este cuidado del alma no depende sólo de nuestro ejercicio de la vida racional. En Aristóteles, una persona no puede ser feliz aunque se dedique a la vida contemplativa, porque este estudio es un estudio que sólo en determinados momentos da ciertas satisfacciones al alma. La felicidad tendría que ser una actividad. En Aristóteles el único ser en el que la felicidad era un estado y una actividad era Dios, que no tenía relación con los hombres ni lo conocía. Santo Tomás sostiene que sí podemos contemplar la esencia divina, podemos tener una relación cognoscitiva con Dios gracias a la Iluminación. La Beatitudo es la Conspectio Dei, la felicidad plena es la contemplación de la esencia de Dios. La vida virtuosa nos llevaría como premio a la felicidad. Sabemos de la felicidad plena en el seno de Dios porque Él ha creado el Infierno para que sepamos diferenciar la felicidad de la infelicidad.

-El camino de nuestra vida. La idea de virtud como acción según la recta razón. La ley.

La mejor vida es la que se rige por el mandato de la recta razón. Santo Tomás se da cuenta de que esta razón se comunica con nosotros a través de una forma determinada. Esta forma tiene que ver con el pasaje aristotélico de política en el que se habla del gobierno de lo divino que hay en nosotros, nous, sin lo más arbitrario que hay en nosotros, los deseos, las pasiones a través de la ley. La razón se realiza en la acción a través de preceptos. Santo Tomás define la ley por varias características:

i)Tiene fuerza de obligar. La ley implica el poder efectivo de modificar conductas, comportamientos o estados de cosas.

ii)La ley es una regla que induce a obrar. Tiene que incorporar un principio operativo.

iii)La ley se ordena respecto de la bienaventuranza. Toda ley busca la felicidad humana.

iv)La ley hace buenos a los hombres.

Fijémonos sobre todo en los dos últimos preceptos: la ley no puede invitarnos a robar, a matar o a fornicar, puesto que estas acciones no son racionales, no hacen buenos a los hombres ni tampoco procuran su felicidad. Una ley que no cumple estas condiciones no es una ley: por eso si hacemos una ley que es imposible de realizar no es tal ley, puesto que no tiene fuerza de obligar(i); una ley que no cambia los incentivos de la gente, que no los motiva a cambiar su forma de actuar ni les indica cómo actuar tampoco es una ley(ii); una ley que hace infelices a los hombres, es decir, una ley que permite la esclavitud o la conculcación de derechos, o que vuelve pobres a los hombres, tampoco es una ley(iii); por último, una ley que obliga a los hombres a denunciar a sus allegados o que permite el mal absoluto tampoco es una ley, puesto que tiene que invitarnos a actuar según lo mejor de nosotros mismos.

El concepto de ley es, sin embargo, un concepto análogo. Toda ley viene de Dios y gradualmente va dependiendo menos de Dios y más de una realidad puramente humana – recordemos las ideas de jerarquía y participación en la ontología. La ley divina obra dirigiendo la razón, y es la que Dios nos entrega con sus tablas de la ley. Su conocimiento es inmediato, procede directamente de la Revelación, de las sagradas escrituras. La ley eterna se puede conocer a través de la razón humana, y obra de forma que el mundo sea dirigido por la inteligencia divina(5ª vía). El Universo entero se gobierna a partir de esta ley. De esta personificación, que el universo funciona por leyes creadas por una Inteligencia, procede nuestro uso habitual del concepto “ley” para referirnos a las regularidades que observamos en el cosmos. La ley natural aparece porque no basta con la ley eterna para guiar las acciones humanas. La ley natural tiene su base en la ley eterna, y está impresa en nuestras mentes. Es el uso natural de nuestra ingeligencia. Se efectúa en nuestras acciones basadas en la razón, e implica nuestra libertad para realizar estas acciones – frente a la ley eterna, que actúa necesariamente. No seguimos la ley natural accidentalmente, sino de forma necesaria, porque es el objeto del hábito. Esto es: si una ley es racional tiene que poder convertirse en hábito, porque tiene que ser válida para muchas ocasiones. Las tres leyes inscritas en el corazón humano son la conservación del ser, la procreación y la indagación acerca de la verdad. Vale decir que Santo Tomás da forma a la primera teoría del derecho natural, por lo que veremos a continuación. La ley natural marca los límites definitivos de la ley humana: una ley humana, positiva, no puede jamás conculcar la ley natural. La ley humana tiene su origen en la voluntad de los pueblos y es promulgada por ellos. Ninguna ley puede ir contra la voluntad de los pueblos, puesto que entonces nadie la seguiría, nadie consentiría el uso legislativo del poder por parte del gobernante. En la ley positiva o humana se ha de construir un orden claro, las leyes se deben entender con certeza y deben tener una medida que no es la humana: lo divino es la medida de todas las cosas, también de las leyes. Una ley humana no puede contravenir una divina, ni una eterna ni una natural. Las leyes humanas son dictámenes de la razón práctica que no tienen plena participación en la ley divina, pero nos sirven para disponer a la virtud, el trabajo y la vida en sociedad. Las leyes sirven para promover la acción según lo mejor que hay en nosotros mismos. Las leyes se distinguen de los mandatos naturales del corazón en que fuerzan a los humanos a actuar según el temor y el respeto. Las leyes humanas cambian según los países – no como las otras – porque se adaptan a circunstancias nuevas, que dependen del país. Por otra parte, las leyes son perfectibles, lo que quiere decir que se pueden reformar. Aunque una ley siga la ley natural puede ser mejorable, porque tiene que adaptarse también a las posibilidades del pueblo en ese momento: no es lo mismo hacer una ley de educación cuando existen medios de comunicación que hacen que podamos disponer de información a través de vídeos, artículos, libros electrónicos, etc., que cuando no tenemos materiales para realizar nuestras tareas. Así, las leyes humanas concretan la búsqueda de la bienaventuranza humana. “Una ley que no es justa no es una ley”.

Vista esta jerarquía de ideas y leyes, se puede colegir cuál es la relación que santo Tomás sostiene entre Estado e Iglesia. La Iglesia vela por las normas sociales de origen divino, esto es, la ley divina, la eterna y la natural, mientras que el Estado vela por el Bien Común y la promulgación de leyes humanas entrelazadas con las naturales. Ha de haber colaboración entre Iglesia y Estado, aunque por el objeto de su tarea son entidades claramente separadas.

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