La ética en San Agustín. Felicidad y Libre Albedrío.

El Hombre es un ser que ama y cuyo motor es la voluntad. El amor nos impulsa a conocer, a obrar y a conocer a Dios, y buscando en lo más profundo de nosotros encontraremos la Gracia Santificante que hace que si amamos en sentido estricto seguiremos aquello que realmente queremos, que es lo que nos ilumina, Dios. El amor nos impulsa a la mejor vida posible. Afirmamos entonces con San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, dado que el amor más profundo jamás nos empuja a actuar mal. El impulso hacia la mejor vida es el impulso hacia la felicidad, hacia la bienaventuranza. Este concepto remite al sermón de la montaña de Jesús. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino de los Cielos”. Aquí la bienaventuranza remite a la identidad que establecíamos con Sócrates entre virtud, conocimiento y felicidad. La bienaventuranza implica la vida virtuosa, es decir, una vida conducida cristianamente que purifica el alma y la lleva a la salvación. El conocimiento lleva a la bienaventuranza en cuanto que para San Agustín sólo es posible la felicidad como contemplación de Dios. En este sentido, la felicidad sería la sabiduría. El fin de nuestra vida sería, pues, una búsqueda de la sabiduría dentro de nosotros mismos que conduce a la felicidad y a la virtud.

¿Por qué somos entonces infelices? Más aún, ¿por qué existe el Mal? La existencia del Mal no es un problema que se pueda analizar en términos platónicos o neoplatónicos – el mal es la ignorancia – sino que aquí tenemos el problema añadido de que Dios es el creador del universo. Tenemos tres condiciones iniciales:

(i)Dios es omnisciente,

(ii) Dios es omnipotente y

(iii) Dios es Bueno.

Constatamos además que (iv) existe el mal, pero aceptar esto implica romper alguna de las tres condiciones anteriores.

a)Si existe el mal, Dios sabe que vamos a hacer el mal(i) y puede evitar el mal(ii), entonces no es bueno(iii).

b) Si existe el mal, Dios es bueno(iii) y puede evitar que hagamos el mal(ii), entonces no sabe que lo vamos a hacer(i).

c)Si existe el mal, Dios sabe que vamos a hacer el mal(i) y es bueno(iii), entonces no puede evitar que hagamos el mal(ii)

¿Por qué entonces existe el mal? La primera explicación que da el hiponita es la maniquea. Como ya hemos explicado, los maniqueos explicaban el origen del mal en la lucha de dos fuerzas en las cuales triunfaba el principio de las Tinieblas. Sin embargo, si todas nuestras acciones son un efecto del triunfo de una de estas fuerzas, tenemos un problema nuevo, que es que no somos libres. De modo que el problema del mal deriva en el problema del libre albedrío. El libre albedrío es la capacidad de nuestra voluntad para decantarse por una de sus posibilidades. ¿Cómo sería posible que cumpliendo (i), (ii) y (iii) podamos explicar la existencia del mal(iv) y el libre albedrío(v). Parecía que aceptando (iv) tengo una contradicción o incompatibilidad en las tres primeras, y San Agustín añade otra premisa. Para salvar esta premisa, tenemos que acabar negando en cierto modo (iv). El mal tiene que ser no una existencia positiva, autónoma y sustancial, sino derivada de nuestras acciones. El mal es la ausencia de bien, como la oscuridad es la ausencia de luz. De este modo, cuando elegimos entre bien y mal estamos eligiendo entre la presencia de la Iluminación divina en nuestra vida y su ausencia, su no ser. La libertad es la capacidad para decidir entre el bien y el mal. Tenemos entonces (i), (ii), (iii) y (v), de la que puede derivar (iv). El mal sería derivado de la naturaleza de la libertad, de nuestra posibilidad de elegir.

¿Por qué sin embargo Dios permite que hagamos el mal? Parecería que si aceptamos que Dios sabe que vamos a actual mal, puede evitarlo y nos ama no debería habernos dado una facultad que nos lleva a condenarnos. Dios nos da la libertad porque de ese modo podemos ser virtuosos. Si no hubiese posibilidad de pecar tampoco sería posible distinguir al que es virtuoso y quiere el bien del que no. Si obligamos a una persona a cuidar a sus allegados amenazándola con una pistola, en realidad esa persona no puede ser considerada generosa, puesto que no ha elegido – recordemos el proceso aristotélico que nos llevaba a la elección – cuidarlos. Sólo cuando tenemos distintas posibilidades de acción podemos ser considerados buenos. Dios permite la existencia del Mal porque existe un bien mayor, que es nuestra libertad.

Si tenemos en cuenta lo anteriormente dicho, parece que el uso de nuestra voluntad para el Bien depende en última instancia de la Gracia divina. Si yo que hay un Dios que me va a premiar si me comporto virtuosamente obraré bien; si en cambio no tengo la Gracia, viviré en la mayor de las confusiones. Parece entonces que tenemos que jugar a la vez con la libertad y la omnisciencia divina: Dios ya sabe de antemano quién se va a salvar y quién no. ¿Cómo es posible que Dios conozca el futuro que resulta de una decisión que depende exclusivamente de mi voluntad? Parece que si yo defiendo que existe la libertad niego que exista cualquier tipo de Destino: si yo elijo una carrera o una amistad abro posibilidades que no existían antes de mi acción y cierro otros caminos que una vez me he decidido ya no existirán. ¿Cómo es posible sostener la libertad y la omnisciencia? Dios tiene el don de la Providencia, de la presciencia. Dios sería un ser que sabe de antemano cómo vamos a utilizar nuestra libertad, de modo que aunque en nuestra situación no sepamos qué va a ocurrir y existan para los seres creados los futuros contingentes, para Dios estos futuros se pueden ver. San Agustín entiende que Dios es como una persona que nos conoce muy bien y sabe cómo vamos a hacer uso de nuestra libertad: en nuestra mente somos libres, pero también somos predecibles. Llevado al límite, Dios nos conocería tan bien que puede predecir todas nuestras conductas. Los escolásticos españoles se preocuparon de analizar cómo es posible esta Providencia, cómo se pueden predecir los futuros contingentes. Las profecías serían este tipo de predicciones sobre futuros contingentes, y para que estas sean certeras es necesario hacer uso de la ciencia media. Pero sobre esto no habló San Agustín.

Parece que se dan otras dos dificultades añadidas. San Agustín parece sostener que el mal es el producto de la libertad humana: existe el mal porque Dios nos ha dado libertad y en nuestro débil uso lo producimos. Ahora bien, esta tesis supone que todo mal es un efecto de ese uso de la libertad, y esto tiene al menos dos situaciones o marcos polémicos: por un lado, parece existir una especie de mal que en ningún caso es producto de la libertad humana. Una catástrofe natural no es un efecto de la libertad humana y sin embargo causa el mal – pensemos en una epidemia de origen animal o un huracán que destroza los hogares de un poblado. Por otra parte, aunque nosotros hagamos ciertas acciones con buena voluntad, es posible que el resultado de esas acciones de buena voluntad sean malos. Si por buena voluntad todos nosotros participamos en clase, producimos un mal no buscado, que es que la clase no avance o que haya ruido y nadie pueda intervenir. Este ejemplo puede ser trivial – aunque es un caso posible de dilema del prisionero – pero sigue la misma estructura que cualquier catástrofe ecológica o social: por buena voluntad todos vamos a pescar al mismo lago para alimentar a nuestra familia, pero eso hace que nos quedemos sin peces en el río y por tanto producimos un mal, una hambruna. El mal se dice de muchos modos, y parece que la libertad humana no es la causa de todos ellos.

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