La antropología de San Agustín

Sin embargo, no podemos recorrer el camino hacia la Sabiduría como un camino de indagación hacia el exterior. El camino de búsqueda de la verdad divina es un camino no hacia el exterior, no de indagación en el mundo matemático y esencial, sino un camino de búsqueda interior. El viaje que tenemos que hacer no es una búsqueda de relaciones objetivas entre los seres naturales, ni siquiera una especie de aventura cosmonáutica, un viaje a lo largo del globo en busca de lo común a toda nuestra especie. El viaje que tenemos que realizar es mucho más difícil, mucho más largo pero mucho más cercano. El viaje de la sabiduría y por tanto de la felicidad es el viaje al interior de nosotros mismos. Conectamos de este modo la búsqueda de ese cierto saber que partía de la iluminación como la búsqueda de nosotros mismos: la epistemología pasa a ser una antropología. Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas. No busques fuera de ti, sino en ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad. De este modo, en San Agustín nos encontraremos en el interior del hombre la verdad del ser, del conocer y del querer. Son estas tres esferas las que queremos analizar en el hombre.

San Agustín entiende que somos cuerpo y alma, y que al morirnos el alma se encontrará con Dios si tiene la Gracia. Este alma no ha de buscar la verdad en el exterior, sino en sí misma. El alma no solamente es, sino que conoce. ¿Cómo podemos relacionar conocimiento y ser? Conocemos lo que es y no podemos conocer lo que no es. ¿Qué ocurriría si lo que conocemos en realidad no fuese? ¿Qué ocurriría si todo lo que vemos fuese una ficción interior del alma? ¿Cómo justificamos la existencia del mundo externo? Sin justificar esta existencia no podemos justificar que conocemos. Si para conocer tiene que existir algo, es decir, si la existencia es una condición necesaria del conocimiento y no podemos justificar esa condición, no podemos justificar el conocimiento. Sin embargo, hay algo que es previo al conocer, que es el querer. Cuando yo pretendo conocer algo, puedo equivocarme: mi creencia puede ser no verdadera o no justificada. Sin embargo, en lo que no me puedo equivocar es en que existe un querer: puedo errar en mi creencia, puedo equivocarme acerca de lo que quiero conocer, pero no puedo equivocarme sobre el hecho de que quiero. Puedo no saber qué quiero, pero aun sin saber qué quiero sé que quiero. He aquí la gran inversión del modo de razonar platónico. Para Platón, el conocimiento es previo al querer, de forma que mi voluntad, facultad del querer, se orienta siempre epistémicamente. Yo quiero algo como si estuviese obligado por mi conocimiento. Esto significa que cuando yo yerro en realidad yerro por ignorante, no por malo. Para corregir la maldad lo que hay que hacer es investigar racionalmente la naturaleza de la virtud y de la realidad, de forma que es el conocimiento el que nos libera del mal. El intelectualismo moral subordina la voluntad a la razón y el conocimiento. En San Agustín la voluntad es previa al conocimiento. Esto tendrá efectos prácticos muy importantes, que veremos en la ética. En el interior de nosotros – interior intimo meo -, en lo más profundo de nuestra alma habita un querer que es irrefutable, un querer insoslayable. Conocemos porque queremos, no queremos porque conocemos. Nuestro querer no se detiene ahí. En el interior del hombre, hemos dicho, habita la verdad. Pero no cualquier verdad, sino la Verdad. En lo más profundo de nosotros hay un deseo intenso de encontrar la Verdad Absoluta, la sabiduría y Dios. Lo que nos impulsa es, recordando el Eros Platónico, la búsqueda de lo más elevado, de lo inmortal, de lo bello. Pero lo que en Platón se interpretaba de un modo metafórico, como ese deseo de elevación hacia las Ideas que hemos olvidado, en Agustín de Hipona se convierte en el encuentro con Dios en nosotros mismos. Cuando buscamos dentro de nosotros nos encontramos con el Ser Evidente que buscamos. No sería posible conocer sin Ideas, diría Platón. Agustín de Hipona diría que el hecho de que queramos conocer implica un deseo de ser, y ese deseo de ser no es un deseo de cualquier tipo de ser, sino la voluntad de encontrarse con el Ser Supremo. Hemos recorrido el camino hacia abajo y hacia arriba: de ser a querer pasando por el conocimiento; el hombre pasa del querer al Ser Supremo pasando por el conocimiento. Así podemos decir que una vez partimos de una voluntad férrea de conocimiento, este conocimiento será conocimiento cierto, y se dividirá en la dianoia platónica y la sabiduría, el conocimiento de aquel que nos ha creado por amor. El amor está así en el centro de la comprensión del hombre en san Agustín: Dios nos crea por amor, y nosotros somos empujados por amor hacia lo mejor que hay en nosotros. Esta fuerza dentro de nosotros no es sin embargo una aparición natural, sino que es un signo, una huella que esta Verdad nos deja dentro. Dentro de nosotros, el amor es la fuerza que nos impulsa a lo más alto, a lo más verdadero, al Creador. Esta huella es la Gracia, el sello de Dios en nosotros mismos. La fe, la iluminación que aparece dentro de nosotros, es la forma que tiene Dios de llevarnos a su seno: es su don, y no todos la tenemos. La gracia no la merecemos, porque nadie merece propiamente acceder al conocimiento de un ser tan sublime, pero en su infinito amor Dios nos conduce a él.

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