Ontología de San Agustín.

Agustín de Hipona nace en Tagaste, en Cartago, en el año 354 d. C y muere en el año 430 en Hipona, en la actual Argelia. Es un filósofo y teólogo cuya importancia radica en la introducción en el seno del cristianismo de las grandes cuestiones de la filosofía platónica, veremos que mezclada con las discusiones de la filosofía patrística y el helenismo, particularmente el neoplatónico. Podemos analizar sus influencias según tres partes o aspectos del pensamiento: por un lado le influye la filosofía pagana, sobre todo a través de la tradición latina; por otro la filosofía procedente de los Santos Padres y las primeras prédicas, así como la lectura que realizó a los 19 años de la Biblia; por último, en su filosofía tiene mucho peso la discusión contra las herejías. En San Agustín, vida y obra están muy mezcladas, y una de sus obras más importantes se titula Confesiones, donde mezcla reflexiones de tinte biográfico con pensamientos filosóficos y teológicos.

San Agustín siempre fue creyente, pero su ontología era de corte materialista. Para él no existían más que Dios y las criaturas, sin término medio. Las Ideas platónicas no tenían lugar en su pensamiento hasta que se encontró con la lectura de Plotino, un neoplatónico. Plotino le permitió aprender a explicarse cómo existían ciertas realidades inmateriales que eran compatibles con el creador. Para Plotino, la materia es una emanación de la unidad primigenia: existen tres estadios de la realidad que progresan y regresan a la unidad. Existe una unidad originaria(moné), y esta unidad produce de forma necesaria la pluralidad de entes. Este proceso de producción es la procesión(pro hodos). Comienza por la realidad inmaterial para acabar en la pluralidad material partes extra partes – aquello que según los presocráticos era infinitamente divisible. El último estadio es la conversión(epistrophé) que es el giro de la mirada que se produce desde nuestro arraigo en la multiplicidad a nuestra comprensión de lo Uno. Además de este procesionismo conectado con la idea de conversión, Plotino incorpora la gran tópica platónica clásica. El Uno es el Bien, fundiendo la Idea Platónica de Bien con aquello que se extiende y origina los objetos del cosmos. Bonum est diffusivum sui. El Bien equivale a la Verdad, a aquello que es ontológicamente lo más cierto. Pero ¿dónde queda la Belleza? Plotino tiene una hermosísima teoría de la Belleza. Se pregunta por qué algunas de las malas acciones o tentaciones son tan atractivas y bellas. La respuesta es que incluso en lo más alejado del Bien hay un rastro que nos invita no a mirar hacia la fea multiplicidad, sino hacia lo Uno. La belleza, como Atenea, nos tira de los cabellos para que ascendamos en la escarpada cuesta de la Verdad, el Bien y la Belleza.

San Agustín no se encarga solamente de incorporar el neoplatonismo y las fuentes paganas al cristianismo. Suyos fueron arduos combates contra herejías de su tiempo que le ocuparon a lo largo de mucho tiempo y muchas páginas. Las tres herejías más importantes que combatió son el arrianismo, el pelagianismo y el donatismo. El arrianismo fue combatido en el concilio de Nicea(325), y negaba la segunda persona de la Trinidad: Jesús no podía ser Dios a la vez que el Padre porque el Padre crea al Hijo. Es una doctrina que se sigue discutiendo, y en Constantinopla(381) se vuelve a condenar. San Agustín es un autor que concede mucha importancia a Jesucristo como la manifestación viva y encarnada de Dios, como una persona de la Santísima Trinidad. El pelagianismo es la negación del pecado original y fue condenado en el año 418. Los pelagianos sostenían que solamente las obras nos salvan, puesto que es imposible explicar la transmisión del pecado original. No explicarían el fenómeno de la Gracia. La última herejía que trata de refutar San Agustín es la donatista, que es una doctrina que sostiene que solamente las personas que no han pecado pueden entrar en la Iglesia y dirigir los sacramentos. Frente a los donatistas, San Agustín defendía la objetividad del sacramento y las instituciones eclesiásticas. Frente a los puristas y las objeciones defiende a la institución de la Iglesia como fuente de socialización y de salvación. Sin los rituales de nuestra comunidad no nos podríamos salvar.

En la evolución vital de San Agustín no hay sin embargo un salto desde ese materialismo con un Dios creador en el fondo de la ontología a una santa doctrina. San Agustín se pregunta por qué existe el Mal en el mundo si Dios lo ha creado todo. La primera respuesta que da es el maniqueísmo, que es una doctrina basada en Zoroastro, un profeta persa del siglo V a. C. que inspiró el personaje del Zaratustra nietescheano. Zoroastro sostenía que la vida era una lucha entre dos principios: Ohrmud o principio del Bien y Ahruman o principio del Mal. Nuestras acciones serían buenas o malas según predominase o triunfase uno de los dos principios. Zoroastro es retomado por Manes en el siglo III, que ahora sí fundará el maniqueísmo. Su doctrina tuvo influencia en el sur del Mediterráneo, donde llegó a San Agustín. La vida es una lucha entre el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, Dios y el Demonio. Esta doctrina no satisfizo totalmente a San Agustín, que creía que así no se podía entender la radical libertad humana. Veremos al final de este tema qué respuesta le da.

En medio de todas estas luchas e inquietudes, San Agustín ha introducido toda una forma de razonar filosóficamente que nos permite comprender los contenidos de la fe. Hemos introducido a un personaje novedoso en esta trama: el Dios de la Religión. Con Aristóteles hemos conocido ya a un Dios al que no podíamos rezar, que sólo se pensaba a sí mismo y no conocía el mundo.

Para introducir a este Ser, san Agustín emplea cuatro argumentos principalmente:

-El argumento del consensus omnium. El hecho de que todos los pueblos hayan creído en Dios parece indicar que tiene que existir algo que objetivamente lleve a todos a creer eso. Sería extraño que tantas personas y pueblos tan distintos tengan una creencia en común completamente inventada.

-Argumento cosmológico. La existencia de un orden tan perfecto requiere de un creador. En un argumento que anticipa el tomista, San Agustín entiende que es inconcebible que el orden del mundo sea un producto espontáneo de la naturaleza. Igual que el orden en una casa es producido y no un producto azaroso, en la naturaleza sería imposible la sucesión ordenada y previsible de aconcecimientos sin un ordenador, que es Dios.

-Argumento psicológico. Dios nos da certeza de nuestra propia existencia. Aunque yo suponga que me equivoco al juzgar el mundo, no me puedo equivocar acerca de mi propio error: si me equivoco tengo certeza de que la persona que se equivoca existe. Dentro de nosotros está una certeza principal: la búsqueda de sentido, la búsqueda de una respuesta a las preguntas radicales de la vida, aquello sobre lo que no podemos dudar: la existencia de Dios.

-Argumento epistémico. A partir de la existencia de las Ideas Eternas se puede demostrar la existencia de Dios. Las Ideas son o de un orden inferior, o de un orden igual o de un orden superior al nuestro. No pueden ser inferiores porque si no no serían objetivas; no pueden ser iguales porque hemos demostrado con Platón que son previas a nosotros, y si son superiores tienen que ser el producto de algo, a lo que llamamos Dios.

Todos estos argumentos llevan a los problemas ontológicos que tenemos que afrontar en la escala natural o scala naturae. Representamos una división inicial entre Dios y las criaturas, y nos planteamos el mismo desarrollo ontológico que se planteaba Plotino. Dios crea el mundo por amor, no por necesidad. Dios crea toda la realidad a partir de la nada, de forma que no existe nada en el mundo que no haya sido creado por Dios. Tenemos el primer problema de la Creación: ¿cómo puede Dios crear por amor si no existe nada que amar? Dios crea el mundo respecto de las Ideas como el Demiurgo moldeaba la materia respecto de las Formas primigenias. Aquí las Formas no son eternas análogamente a la materia, sino que la materia es creada y las Ideas están en la mente de Dios. Estas ideas son utilizadas como ejemplos o modelos para crear la materia de una forma ordenada. El mundo ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, del Logos Divino. ¿Cómo se han creado esos objetos amados antes de la creación? ¿Qué existía antes de la Creación? San Agustín se tiene que preguntar por la naturaleza del tiempo. ¿Cómo es posible que Dios crease al mundo de la nada? Para que Dios crease el mundo por amor parece necesario que existiesen las ideas ejemplares previamente. ¿Significa eso que Dios creó el mundo a partir de ideas también eternas? Dios es causa de las ideas ejemplares. ¿Qué hacía antes de crear todo de la nada? Hay que responder a qué es el tiempo. San Agustín se responde: “Si no me preguntan, lo sé; si quiero explicárselo a quien me pregunta, lo sé”. Dios no hacía nada antes de crear el mundo, porque no había creado si quiera el tiempo. Por tanto no podemos hablar de nada previo al mundo respecto de lo cual se cree el mundo, en el sentido en el que las Ideas platónicas son previas; Dios es anterior al mundo porque es causa y creador del mundo, pero no existe un momento anterior a la Creación porque la Creación supone también creación del espacio y el tiempo. Al principio era el Verbo, y el Verbo se hizo Carne. Esta encarnación es en un primer sentido la creación de las criaturas, de la materia, como reflejo de su creador – Dios creó el universo a su imagen y semejanza – y en segundo término como misterio de la Encarnación en la figura de la segunda persona de la Trinidad, Jesucristo. Lo que vemos en el mundo es un reflejo de su creador, de modo que igual que conocemos a los demás por sus acciones podemos conocer a Dios por sus efectos. Conocemos a Dios por sus obras, conocemos a Dios a través de Jesucristo.

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