Teoría del conocimiento de Aristóteles

Aristóteles comienza la Metafísica hablando del deseo de conocer. El conocimiento comienza por lo más básico, lo más apegado al cuerpo, lo más cercano: hay Eros allá donde hay tacto. Frente a Platón, Aristóteles defenderá una visión de la realidad naturalista y unitaria, aunque plural. Su ontología hereda el proyecto platónico de explicar cómo es posible el conocimiento universal y necesario, pero sin aceptar la sustancialización y la separación del fundamento ontológico de ese conocimiento, las Ideas. Nosotros hemos visto que en Platón había una triangulación de esferas que se apoyaban mutuamente: la ontología, la teoría del conocimiento – anámnesis especialmente – y la antropología. La existencia de Ideas separadas va acompañada de la teoría de la reminiscencia y de la argumentación en defensa de la inmortalidad del alma. Dado que hemos negado la existencia separada de las Ideas, tenemos que derribar ahora el segundo mito platónico: la separación en el entendimiento, es decir, la reminiscencia.

Para Aristóteles el conocimiento parte no de la intelección pura que veíamos en el símil de la línea, sino de los sentidos. En este sentido, tenemos que clasificar a Aristóteles como un empirista. No hay nada en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos. Ahora bien, es un empirista que sigue defendiendo que existe el conocimiento de lo universal. ¿Cómo es posible que conozcamos aquellas imágenes que nos hacen mirar hacia lo alto, es decir, cómo es posible que exista el conocimiento si aquello que conocemos sólo está en nuestra mente? Parecería que, una vez negada la exigencia platónica, tendríamos que volver al estadio sofista relativista: las cosas son como son para nosotros según nuestra percepción, porque el hombre es la medida de todas las cosas. Ahora bien, Aristóteles acepta el reto de explicar por qué a pesar de que efectivamente no hay conocimiento que no pase por la percepción existe sin embargo ese conocimiento. Partimos de la triangulación que existe en Sobre la interpretación: Existen las cosas del mundo, las afecciones del alma y los signos. Las afecciones del alma son reflejos de las cosas del mundo, y las palabras son signos de las afecciones del alma. Detengámonos un poco más aquí, porque este es el esquema clave en la teoría del conocimiento. Vamos a analizar las relaciones en este triángulo por pares.

-Relación entre las cosas del mundo y las afecciones del alma. Protágoras consideraba que el conocimiento era un cierto movimiento de sujeto hacia el objeto. Esto significa que al fin y al cabo que no podemos imaginarnos un conocimiento que no pase por el sujeto. El problema es que si pensamos en el sujeto pensamos en su percepción: cuando yo pienso en un triángulo pienso en una imagen del triángulo, en un triángulo concreto. Para Protágoras sólo existe ese triángulo singular. ¿Cómo sería posible entonces ese conocimiento? Lo que niega Aristóteles es que las percepciones del sujeto sean exclusivamente singulares. Rechazamos la singularidad de la percepción en dos sentidos distintos: por un lado, todos vemos las mismas cosas. Las afecciones del alma son las mismas para todos. Por otra parte, se produce una capacidad natural para partir de observaciones de objetos singulares – sustancias primeras – para extraer a partir de ahí la esencia de las cosas – sustancias segundas. Hay dos procesos en este paso de las sustancias primeras a las sustancias segundas: la abstracción y la inducción. Son dos procesos que se dan simultáneamente, pero que nosotros tenemos que separar en nuestro entendimiento. La capacidad de abstracción es la facultad que nosotros tenemos de separar en nuestro entendimiento determinadas características que aparecen mezcladas en la realidad. Para Aristóteles es una condición necesaria del conocimiento que nuestro entendimiento sea capaz de separar de un objeto sus características esenciales, es decir, la causa formal, aquello que define a un objeto. Cuando vemos una mesa, no decimos que la mesa es la madera, sino que entendemos rápidamente en qué consiste el concepto de mesa. Haciendo un experimento, cuando vemos a un niño utilizar conceptos tales como “silla”, “biberón” o “papá”, rápidamente entiende qué identifica a cada objeto, y cómo aunque aparezcan objetos nuevos él sabe clasificarlos rápidamente. Contra Platón, el hecho de que existan o no existan las Formas previamente a nuestros sentidos nosotros, por el proceso de conocimiento, siempre nos encontramos antes percibiendo las cosas que las Formas, así que no tiene sentido pensar que estas son previas a aquellas. La inducción es la capacidad de pasar de la cuantificación particular a la cuantificación universal. Para Aristóteles el conocimiento consiste en buscar lo que es universal, kath’olon, y como sólo nos encontramos en el mundo objetos particulares tenemos que ser capaces de generalizar. La epagogé es la actividad del entendimiento que consiste en comprender esta universalidad. ¿Cómo sabemos que “Todos los hombres son mortales”? Por una actividad que es propia del nous. Al observar las cosas no sólo nos apercibimos de su singularidad sustancial, sino de su esencia. Yo veo que todos los hombres se mueren, y también veo que todos los hombres se sientan. ¿Por qué no defino a los hombres por un accidente? Porque soy capaz de distinguir naturalmente entre esencia y accidentes. El conocimiento se basa para Aristóteles en un tipo de percepción de sentido común, dado que es una capacidad que viene de estímulos externos y que es compartida por todos los seres humanos. Para Aristóteles, como veremos después, el nous es infalible, y no nos podemos equivocar en la intelección de estos principios. ¿Por qué erramos entonces al conocer? No erramos en nuestra percepción – que está en las afecciones del alma – del mundo, sino en nuestro juicio sobre el mundo. Tenemos que examinar el paso de las afecciones a las significaciones.

Frente a la postura platónica, Aristóteles considera que las palabras son signos convencionales de nuestros pensamientos. Las palabras no representan las cosas, no están por las cosas, sino que transmiten ciertos pensamientos y nos sirven para intentar describir la realidad. Es en este intento de descripción de la realidad donde nos podemos equivocar. ¿Qué es equivocarse y qué es acertar? Tenemos que definir aquí qué es la verdad. Decir algo verdadero es decir lo que es de lo que es o lo que no es de lo que no es; decir algo falso es decir lo que es de lo que no es o lo que no es de lo que es. Supongamos que nuestras expresiones lingüísticas tienen la forma de un juicio “S es P”. Si yo digo “La nieve es blanca”, esta expresión será verdadera si y sólo si la nieve es blanca. La expresión entre comillas expresa “decir lo que es”, la expresión sin comillas expresa la segunda parte, lo que es en realidad. Si yo digo “la nieve es blanca”, esta expresión es verdadera si la nieve es en realidad blanca. Digo lo que es de lo que es. Lo mismo a la inversa: si yo digo “La nieve no está frita” esto es verdadero si la nieve no está frita, es decir, si mi expresión negativa corresponde con la ausencia de una propiedad(estar frita). A la inversa ocurriría con la falsedad. Parece entonces que podemos entender que existe conocimiento siempre y cuando hay una correspondencia entre juicios y realidad o, indirectamente, si entendemos que los juicios representan nuestras afecciones, el conocimiento expresaría cierta relación entre nuestra mente o nuestras afecciones del alma y la realidad.

Sin embargo, si nos detenemos aquí no tenemos la posiblidad de reconstruir la distinción con la que empezamos a examinar la filosofía aristotélica y, por extensión, la platónica: la distinción entre conocimiento y opinión. Parece que no podemos distinguir de momento entre un conocimiento en sentido lato, que puede ser verdadero o falso, y un juicio apodíctico, evidente y certero, que no puede ser falso, el juicio epistémico. ¿En qué consisten los juicios que nos dan verdadero conocimiento?

Tenemos que examinar ahora la teoría de la ciencia aristotélica. Fundamentalmente es una teoría que se divide en dos partes: por una en una particular teoría de la razón y por otra en el punto de partida de la ciencia. Para Aristóteles, la ciencia es un tipo de razonamiento demostrativo, que consiste en la concatenación necesaria – una concatenación que no podría ser de otro modo – entre principios y conclusiones. En una ciencia, las conclusiones se han de derivar necesariamente de las premisas. De este modo, expresiones como “la nieve es blanca” no son científicas en la medida en la que no expresan un razonamiento. ¿Pero cuál es la forma de ese razonamiento? El silogismo. Un silogismo es “un argumento en el cual, establecidas ciertas cosas, resulta necesariamente de ellas, por ser lo que son, otra cosa diferente”. Para Aristóteles, una ciencia es un habitus conclusionis, un hábito de obtener conclusiones necesarias y apodícticas por medio del silogismo. Un silogismo típico sigue la estructura siguiente:

Premisa mayor: “Todos los hombres son mortales”.

Premisa menor: “Sócrates es hombre”.

Conclusión: “Sócrates es mortal”.

En este silogismo, ser hombre es un término medio entre Sócrates, sujeto de la expresión final, y ser mortal, predicado de la expresión final. El término medio se elimina en la conclusión. Aunque hay más formas de silogismos, quedémonos con esta forma, que sigue el modo de cuantificación en el cual tenemos una premisa mayor universal, una premisa menor particular y una conclusión particular que es necesaria. El procedimiento es correcto, pero ¿no tendríamos entonces nada que objetar? Podríamos negar la mayor. ¿Por qué sabemos que “todos los hombres son mortales”? En ciencia no se trata solamente de realizar razonamientos correctos, sino de partir de principios ciertos. ¿Cómo conocemos esos principios? Veíamos que teníamos que abstraer e inducir la esencia universal de los objetos. Después esta esencia se manifestará en nuestras premisas de dos modos: a través de axiomas y de definiciones. Los axiomas son los principios autoevidentes e indemostrables de la ciencia. Las definiciones expresan verbalmente la esencia de las cosas. Para Aristóteles, el conocimiento de los primeros principios ocurre a través del nous, de forma que no podemos equivocarnos en la apercepción de los mismos. ¿Podríamos demostrarlos? ¿Puede haber una demostración sobre estos principios? Los axiomas, por definición, no se pueden demostrar, pero la intuición intelectual – nous – nos dice que son correctos y evidentes. El principio de una ciencia es indemostrable, pero sí es intuible o comprensible. ¿Y qué decir de las definiciones? ¿Cómo podemos decidir acerca de una definición? Se nos hace también autoevidente por el nous. El problema no surge tanto cuando hablamos de la ciencia demostrativa por antonomasia, la geometría, cuyos principios(el punto no tiene dimensiones, la línea es un un cuerpo bidimensional, etc.) parecen indubitables; el problema conceptual viene cuando buscamos la ciencia más elevada, la Metafísica u Ontología. El objeto de la ciencia más elevada es el ente en cuanto que ente, y habría que aplicar la misma estructura argumentativa: tenemos que ser capaces de encontrar el comienzo de la definición. ¿Cómo definimos lo que es? Para definir lo que es tenemos que utilizar una expresión del tipo “Lo que es es X”, pero al emplear esa expresión utilizaríamos ya el verbo ser, que es lo que se intenta definir. Parece entonces que el camino hacia la ciencia metafísica es un camino especialmente abstruso, puesto que no podemos ni siquiera dar definiciones. El nous es infalible, y nos da el conocimiento evidente de las cosas. Sin embargo, a pesar de que tenemos evidencia de la sustancia, no somos capaces de encontrar una definición. La Metafísica no es entonces una ciencia asentada, sino la ciencia que se busca. En el Medievo la encontraremos.

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