Ética y política.

La antropología platónica prima el cuidado del alma sobre el cuidado del cuerpo por ser el alma la parte divina e inmortal de nosotros. Hemos de cuidar aquello que si nos preocupamos por su limpieza y purificación va a pervivir en el tiempo. El cuerpo se corrompe y desaparece; el alma, como ha tratado de demostrar Platón, sobrevive con nuestra identidad personal. Así hemos visto que hemos de desarrollar las virtudes del alma. Hasta ahora considerábamos que estas virtudes eran en general las propias del conocimiento, siguiendo así la identidad socrática del intelectualismo ético. El conocimiento es lo mismo que la virtud, la vida virtuosa es lo mismo que la vida feliz. Como hemos visto en el cuadro anterior, las virtudes éticas despliegan o retienen las distintas facultades del alma: la virtud principal del alma racional es la de la sabiduría y la prudencia – que para Platón son equivalentes – ; la del alma irascible será la noble pasión del valor y la fortaleza; la virtud del alma concupiscible ya no será propiciar el buen curso del impulso de esta parte del alma sino frenarlo, es decir, moderar el deseo que nos viene de los impulsos carnales. El ideal moral platónico será entonces la armonía de las distintas partes del alma; como hemos visto esto no viene de la nada, sino del propio modelo médico que Platón maneja, el modelo hipocrático. Para los hipocráticos el mal del hombre, la enfermedad, consiste en la monarquía, en la primacía de un humor sobre los demás. La armonía entre las partes será entonces el equilibrio entre las distintas potencias del alma solamente posible por el gobierno racional de las mismas. El que consiga este gobierno será el enkratés, el que se gobierna a sí mismo. Sólo será posible este gobierno de sí si el alma racional actúa como el auriga orientando y dirigiendo las pasiones. Es importante entender que existe una diferencia esencial entre el puritanismo o ascetismo moderno y la doctrina del gobierno de sí platónica: aquí existen pasiones y placeres, pero no podemos dejar que estos dirijan nuestra vida. No se trata por tanto – salvo que acabemos forzando a Platón a ecualizarse con el cristianismo – de eliminar o purificar nuestra vida de todo elemento de júbilo o goce, sino de que ese goce sea un goce prudente y sabio. Hemos de vivir gobernados por la parte divina e inmortal que hay en nosotros. El proyecto filosófico platónico será la transformación de esta vida mortal en algo más elevado: aquí no podemos vivir siendo dioses, pero podemos asemejarnos a ellos como Eros, que siendo un dios feo y mortal orienta su mirada a lo inmortal y hermoso.

El rechazo de los placeres mundanos, de la gloria y los honores, del poder, no se produce por una defensa del ideal ascético. Es peor cometer una injusticia que recibirla porque si cometemos una injusticia nos convertimos en injustos, mientras que si recibimos una injusticia no dejamos de ser virtuosos. La vida del tirano es, en ese sentido, la peor posible: el tirano es el que vive cometiendo injusticias, tratando de obtener provecho con su poder. El que abusa de poder no obtiene ninguna ventaja, porque esta ventaja es en realidad fugaz, y se convierte en una persona injusta. Si nosotros buscamos el poder, diremos que es lo mejor. Pero el poder no siempre va a favor de la virtud de la justicia. ¿Cómo podemos decir que es malo ser justo?

Por contra, cabría preguntarse en qué mundo posible se puede vivir de semejante manera divina. El problema principal de la filosofía platónica es si podemos escapar del reino de las sombras en lis distintos ámbitos de nuestra vida: el cognoscitivo, el ontológico, el antropológico y el ético y el político. En el fondo, el trauma y la tragedia que está siempre presente en el diálogo platónico es por qué la democracia ateniense ha condenado a muerte a Sócrates, por qué no existe la justicia en este mundo. Parece que hemos recorrido en un primer intento el camino de salida de las sombras, de las apariencias, al conocimiento de la justicia en la República. El mito de la Caverna cuenta cómo se nos fuerza a salir para mirar el lugar del que provienen las sombras. A este proceso violento de salida lo denominamos educación. No podemos olvidar que tras contemplar las Ideas, es decir, aquello que nos permite definir y conocer las apariencias, hemos de ser arrastrados a volver a la caverna. Esto tiene una implicación política esencial: conocer no nos salva, hemos de transformar el mundo en el que estamos inmersos haciendo que nuestros antiguos compañeros de cautiverio giren su mirada. La primera hipótesis es que, dado que los gobiernos hasta ahora siempre han sido malos legisladores(véase el primer texto leído en el tema, la Carta VII), han de gobernar los filósofos o al menos se ha de formar a los gobernantes para que sean filósofos. Pero el mismo problema que nos planteábamos en la educación, la resistencia a salir de las sombras, se manifiesta en la política: los gobernados han de consentir el gobierno de los filósofos reyes. La pregunta que se plantea aquí Platón es si esa masa permitirá el gobierno de los filósofos, si esa masa puede, en cierta medida, ser filósofa. En La República da por sentado que no puede ser tal cosa, así que hay que buscar sus fundamentos en otros diálogos. Platón critica de la masa-filósofa que frente a la especialización en las diversas tareas -para cualquier profesión acudimos a un maestro – parece que para la política todos estamos preparados sin necesidad de haber tenido un maestro. Esta anarquía de la democracia es la que hace que los miembros de una comunidad no atiendan a razones, puesto que consideran que las sombras que cada uno de ellos percibe son la auténtica realidad. El filósofo saldrá escaldado de su intento de gobernar exactamente igual que Sócrates salió mal de su intento de hacer pensar a los atenienses. No es casualidad, pues, que la filosofía haya fracasado en el mundo, sino que es necesariamente así debido a la polémica relación que existe entre el conocimiento y la opinión. El que tiene una opinión cree estar en posesión de la verdad tanto como el que ha estudiado geometría, esa forma de imágenes que mira hacia la esencia, hacia las Ideas. El proyecto del filósofo rey ha de buscar otra vía para realizarse, porque su intento de implantación directa fracasa. La solución platónica es la transformación de la polis interior en la ciudad justa, de manera que todo lo que se ha dicho de la necesidad de un gobierno justo en el que cada ciudadano ocupe su lugar ha de ser aplicado al interior del alma: cada parte del alma ha de ocupar su lugar en la correcta evolución de la ciudad – recuérdese la idea de enkrateia o gobierno de sí como armonía de las partes del alma. Así, la transformación interior será una reforma de los hombres a través de la paideia, una transformación que no se puede entender sin la reforma no sólo en la formación para el conocimiento de las Ideas, sino también y sobre todo en cuáles son los mitos que se les cuentan a los jóvenes. Platón sabe que educar no es solamente formar en la ciencia, sino que es esencial para transformar las costumbres – dado que es imposible pensar en una República donde todas las personas sean ilustradas – cambiar el uso de este lenguaje de las sombras, los mitos, y para ello hay que vigilar qué mitos les cuentan a los niños. Como estos han escuchado lo que los poetas han cantado antaño – sobre los dioses, sobre la belleza y sobre la virtud, sobre cómo vivir de una forma en realidad oprobiosa – no queda más remedio que expulsar a los poetas. Los poetas son aquellos que tienen la capacidad de persuadirnos gracias a su dominio de las apariencias de algunas doctrinas que en realidad no son más que sombras, pretensiones de verdad que no contienen conocimiento. Nos han dicho que los dioses eran de forma distinta a cómo son, justos y bellos, y tienen tal fuerza que no pueden seguir enseñándose a los infantes. Hoy día cualquier cuento para niños sería el producto de un poeta que transmite su mensaje bajo una apariencia que nos hace olvidar las estupideces que están diciendo, estupideces contra las que se rebela la filosofía. Sin embargo, trataremos de construir un régimen justo comenzando con los más pequeños, con lo cual podemos decir que Platón expulsa a los poetas pero jamás se despide de la poesía. Los poetas y los nuevos mitos se han de encargar de transmitir mentiras útiles al nuevo régimen, de forma que después a los niños ya crecidos les sea más fácil comenzar la escarpada ascensión a la verdad.

Añadido: aunque cuando lleguemos al mismo tema en Aristóteles recuperaremos esto, hay dos partes importantes de la filosofía práctica platónica que no hemos tratado. La primera es la clasificación de regímenes: timocracia-oligarquía-democracia-tiranía. La virtud de cada régimen da lugar a la aparición del siguiente. La timocracia es el gobierno de los valerosos, pero da lugar a la lucha por el honor y un régimen oligárquico.La lucha por los honores da paso a una riqueza de muchos, cuyos hijos creen ser capaces de gobernar todos ellos en la democracia. La libertad democrática da lugar a la idea de que nadie ha de ser gobernado por nadie y a la ausencia de jerarquías, lo que produce que en tiempos difíciles aparezca un tirano que dirija las masas.

Por otra parte, Platón no se limita a decir que la filosofía ha de renunciar a la razón gobernando el mundo. Platón acaba afirmando en otras obras que lo mejor es el gobierno de los sabios, que dictan en cada momento lo mejor. Sin embargo, este gobierno es contingente, puesto que el sabio puede desaparecer o ausentarse, así que lo siguiente en excelencia es que el sabio deje escritas unas recomendaciones. Cuando un médico se va de vacaciones deja escrito lo que tiene que tomar cada paciente. A esta recomendación en lo que consiste el gobierno de la razón sobre los hombres la llamamos gobierno de las Leyes. A pesar de que no es posible el gobierno de los filósofos o de los sabios, sí es posible un gobierno de las leyes de modo que se evita el arbitrio de los hombres. Cerramos así el círculo que nos condujo de la condena de Sócrates al filósofo rey: las leyes, aunque sean las que condenaron a Sócrates, han de respetarse, pues son la forma más perfecta que podemos tener de gobernar a los hombres. Un gobierno sometido a las pasiones humanas sería la peor forma de gobierno posible.

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