Ontología. Teoría de las Ideas.

La ontología platónica se caracteriza por el dualismo de mundos, es decir, por diferenciar claramente dos ámbitos de la realidad. Seguimos aquí la primera división del símil de la línea: la doxa o la opinión se desarrolla en el ámbito de las apariencias, esto es, en el mundo sensible, mientras que el conocimiento o episteme sólo puede existir en el ámbito inteligible, es decir, un ámbito sólo accesible a través de la inteligencia. A esta región se la conoce como mundo de las Ideas. Hemos mostrado que para justificar la existencia de las Ideas es necesario que exista algún tipo de indicio en la sensibilidad de que tales esencias existen: este indicio aparece en las figuras geométricas, que hacen que volquemos nuestra mirada hacia lo más elevado y perfecto, puesto que a través todavía de imágenes – y en esto consiste la relativa imperfección de las Ideas. Cuando hablamos del dualismo platónico en la teoría del conocimiento, la ontología o la antropología estamos en realidad de un doble problema: por un lado tenemos que pensar el chorismós, la separación o el corte entre realidades cualitativamente distintas; por otra parte, hemos de pensar que ese chorismos no nos permite separar las Ideas de tal modo que se desconectan absolutamente del mundo sensible. Nuestro reto, por tanto, en el problema platónico del dualismo, es entender a la vez la separación y el entrelazamiento: a esto lo acabaremos llamando symploké.

Veremos las características de ambos mundos:

IDEAS

APARIENCIAS

Perfectas

Imperfectas

Eternas

Perecederas

Inmutables

Mutables

Invisibles

Visibles

Incorpóreas

Corpóreas

Las Ideas se relacionan con las apariencias de dos modos: por imitación y por participación. Antes de explicar estas relaciones hemos de entender que las Ideas o esencias tienen que ser previas a las apariencias, en la medida en la que a partir de lo imperfecto no puede surgir algo perfecto, pero a partir de lo perfecto sí puede surgir algo imperfecto. Del mismo modo ocurre con las otras características: en la filosofía de Platón no cabe el evolucionismo, la teoría que sostiene que las formas alcanzan progresivamente una mayor eficiencia adaptativa y, por tanto, mayor perfección. Habría, digamos, dos formas de entender la relación entre lo aparente y la esencia: entender que primero existe lo corpóreo- mutable, visible, etc. y a partir de ahí se generan las esencial – lo invisible, inmutable – de modo que habría que explicar cómo somos capaces nosotros, los mortales, de producir relaciones entre objetos que no cambian ni pueden cambiar, que son necesarias, o bien entender que la relación es inversa; que existen previamente esas relaciones y que nosotros solamente las descubrimos – aunque hemos visto que en realidad las recordamos.

Las ideas son, por tanto, previas en su configuración a las apariencias. Es decir, que para que exista la apariencia de mesa es necesario que exista previamente la idea de mesa. La apariencia de mesa imita su esencia, esto es, constituye una especie de copia o representación del original. Si yo conozco la esencia del triángulo la representaré a semejanza, sabiendo que en la medida en la que esta representación se da en las apariencias perderá su perfección. Las apariencias solamente son copias de su modelo. Por otra parte, cada una de las apariencias participa de la esencia, toma parte de la esencia. Esto es: de una esencia salen muchas copias, y todas ellas forman parte de la misma esencia: los humanos participamos de la esencia humana, las mesas de la esencia mesa. En términos lógicos, las apariencias son elementos que pertenecen a la clase lógica denominada idea. ¿Cómo se produce esta relación entre esencias y apariencias? A través de la actividad del Demiurgo: existen previamente las Ideas y la materia informe y caótica; el Demiurgo, como buen artesano, moldea lo aparente y material respecto de aquello que sirve como modelo, la Idea.

Tenemos así una estructura ontológica en la que dividimos el mundo en dos: inteligible y sensible, y la relación de participación e imitación es elaborada a partir de la actividad del Demiurgo que configura la materia a partir de las Formas o Ideas. Añadimos ahora un tercer elemento que estaba en el mito de la Caverna: no es que exista solamente la copia y lo copiado, que existan apariencias y esencias, sino que existe además algo más allá de la esencia, representado por el Sol en el mito. El Sol comparte con la realidad externa su naturaleza de auténtica realidad, pero tiene una prioridad ontológica sobre el resto de seres visibles en el exterior de la caverna: el Sol posibilita que veamos las demás cosas. Ese ser más allá de la esencia es la Idea de Bien. Hay dos aspectos a resaltar en la decisión de poner al Bien como elemento prioritario en la ontología de lo inteligible: por un lado, el conocimiento y la moral aparecen unidos, lo que no debería sorprendernos si recordamos el intelectualismo socrático. Por otra parte, extraemos de aquí una conclusión de mucha importancia para la tradición: lo que existe, en el grado y medida que existe realmente – es decir, en esencia – es bueno: todo será mejor cuanto más iluminado esté, es decir, cuando sea un conocimiento más elevado en grado – recordemos el símil de la línea. Lo que existe es bueno. Desde el punto de vista moral, podemos preguntarnos qué es entonces el mal: el mal no es más que la ignorancia, o sea, el alejamiento de la luz o el posicionamiento del sujeto en una posición inferior en los grados de conocimiento.

Platón define así una jerarquía de entidades que divide la realidad en dos ámbitos bien distinguidos con una prioridad de lo moral, del Bien. Queda por recordar en qué consiste la novedad de la filosofía platónica a este respecto. La división del conocimiento en Verdad y Apariencia nos recuerda a la filosofía de Parménides. Sin embargo, nosotros recuperamos el proyecto pluralista que trataba, en palabras de Platón, de salvar los fenómenos, σῴζειν τὰ φαινόμενα , es decir, trata de que los archai o principios del conocimiento sean capaces de explicar aquello que vemos nosotros. En Parménides no podíamos justificar ni siquiera nuestra propia existencia. Sin embargo, parece que en las Ideas se conservan las características del ser de Parménides: no cambian, son ingénitas e imperecederas, es decir, eternas, y sólo son cognoscibles por el intelecto. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia es que para Platón es necesario que en cierto modo lo que es no sea. La mesa es mesa, pero no es silla: las cosas son lo que son, pero en la medida en la que son lo que son – los platos son platos y los vasos son vasos – dejan de ser otra cosa. El parricidio consiste en explicar cómo para salvar los fenómenos es necesario conculcar parcialmente el principio de que lo que es es y lo que no es no es. Lo que es no es otra cosa y lo que no es esa cosa es otra cosa. Es decir, que para explicar cómo se forma la realidad que percibimos por los sentidos necesitamos conjugar la Identidad y la Diferencia.

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